miércoles, 31 de agosto de 2011

Nuevo relato: Amor Marinero

Hello everybody!

En una de las últimas entradas, aproveché para colgar un nuevo relato, pero, dado que nadie se lo ha bajado y no le dediqué la atención adecuada, creo que se merece un post para él :P

Amor Marinero es, como si título indica, una historia de amor estrechamente relacionada con el mar. La protagonista es Michelle, la prometida de Jules, un joven pescador que desaparece en el mar un mes antes de ser padre. Michelle pierde las ganas de vivir, no quiere criar sola a su hijo, pero los rumores dicen que Jules sigue vivo y que ha sido capturado por las sirenas.
¿Será eso cierto?

AMOR MARINERO

Michelle era una joven dependienta. Jules, un humilde pescador. Habían crecido juntos. Tenían la misma edad. Se habían enamorado el uno del otro a los quince años. Y se iban a casar.
Aún eran jóvenes, sólo habían vivido dos décadas, pero tenían muy claro que eran felices juntos y querían compartir sus respectivas vidas. Lo que más les había costado había sido obtener el beneplácito de los padres de ella, pero estos habían terminado accediendo cuando supieron que su hija estaba encinta.
Por eso habían preparado una sencilla ceremonia para cinco meses después de que la joven diese a luz.
Sin embargo, aquello no llegó a suceder: un mes antes del nacimiento del bebé, el mar se embraveció mientras Jules pescaba. Su barca jamás volvió a tierra.
Al enterarse de la noticia, Michelle cayó en una profunda depresión. Pensó que jamás sería feliz, que nunca volvería a conocer el significado del amor. Desolada, se recluyó en la que iba a ser su vivienda familiar y se negó a salir de nuevo.
Tal fue su desesperación, que su hijo no nacido la percibió y quiso darle una alegría adelantándose dos semanas al momento previsto para su nacimiento. En efecto, la joven se sintió contenta, tras tanto dolor, de poder verle el diminuto rostro y tomarlo entre sus brazos por primera vez. Sin embargo, no pudo evitar acordarse de Jules, y se lamentó por que no hubiera estado allí con ella para ver a su pequeño.
Las malas lenguas, las gentes del pueblo que nunca habían visto con buenos ojos su relación, decían que él seguía vivo, escondido en lo más profundo del océano, y que ahora vivía con las sirenas. Michelle no las escuchaba; bastante tenía con soportar su ausencia.
No obstante, cuando dio a luz, fue para ella como quitarse una venda de los ojos: comenzó a plantearse la posibilidad de que, realmente, su prometido siguiera con vida. En tal caso, ¿sería posible traerlo de vuelta?
La impaciencia y la incertidumbre empezaron a devorarla. ¿Y si era cierto? ¿Y si Jules, realmente, habitaba ahora el fondo del mar? ¿Y si las sirenas lo habían mantenido con vida? Debía ir a buscarlo, tenía que comprobar la veracidad de aquellas habladurías...
No quiso esperar demasiado. En cuanto su pequeño alcanzó los dos meses de vida, Michelle lo dejó a cargo de una niñera y se lanzó a la aventura. Aún restaban tres meses para la fecha en que, de no ser por aquella tormenta, debía celebrarse el enlace entre ella y Jules.
Fue en primer lugar a visitar a la bruja. En el pueblo la llamaban así por su fama de vidente, pero ella no había confirmado ni desmentido nada. Se limitaba a ayudar a los que acudían a ella y a hacer oídos sordos a las habladurías. La joven madre tenía fe en que la ayudaría a encontrar a Jules, desaparecido tiempo atrás en la mar.
—No será fácil —aseveró la anciana una vez hubo escuchado su petición—. Primero debo averiguar qué ha sido de él.
—¿Cómo lo haréis?
—Necesito que pienses en él, que dibujes su cara en tu mente con claridad.
Aquello no resultó complicado para Michelle. Recordaba cada pequeño detalle del rostro de Jules como si lo hubiera visto apenas dos minutos antes de entrar en casa de la bruja.
—Cuando lo hagas, posa tu mano... aquí.
Le señaló la bola de cristal que reposaba en la mesa de su salón, y Michelle obedeció. Al instante, la bola dejó de ser translúcida para mostrar la imagen de un joven pescador... rodeado de sirenas.
—¡Es él! —exclamó la muchacha, emocionada—. Es él, sin duda, ¡es Jules!
De modo que las habladurías eran ciertas... Jules vivía, sí, pero en el fondo del mar... en el hogar de las sirenas.
—No va a ser fácil —repitió la vidente—. Esos seres lo han embrujado, no lo dejarán marchar tan fácilmente.
—Pero habrá alguna forma de hacerlo volver —dijo Michelle, esperanzada.
—Sí... pero es arriesgada y difícil de realizar.
—Haré lo que sea —aseguró Michelle, resuelta—. Lo que haga falta por salvarlo.
—En tal caso... atiende.

Siguiendo al pie de la letra las instrucciones de la anciana, al día siguiente, Michelle se dirigió al embarcadero con la intención de comprar una barca. Tras regatear unos minutos con el barquero, consiguió comprarle un bote diminuto a cambio de todo el dinero de que ella disponía. No le importó demasiado; en el lugar al que iba no lo iba a necesitar.
Se hizo a la mar sin aguardar un segundo. Se había preparado aquella mañana para realizar un viaje largo y llevaba suficiente comida para sobrevivir en las próximas dos semanas. Confiaba en poder encontrar con qué alimentarse cuando hubiera alcanzad su destino.
No poseía grandes conocimientos sobre el manejo de barcos, pero sí los básicos que Jules, como pescador, conocía y le había enseñado. De todas maneras, tampoco resultaba muy complicado controlar un bote tan pequeño como el que Michelle había adquirido, sobre todo con el mar en calma.
Remó con tranquilidad, sin prisas, dirigiendo la barcaza hacia donde ella quería, durante dos días y dos noches. Al tercer amanecer, Michelle arribó por fin a la isla que le había indicado la anciana. Atracó en la playa, desayunó una manzana y se puso en camino.
No debía ser difícil. Michelle tenía buena memoria y recordaba con precisión cada palabra que había pronunciado la vidente mientras le explicaba lo que debía hacer. En aquella isla, le había dicho, se ocultaba la Perla de Nácar, el tesoro sagrado de las sirenas, por el cual ellas negociarían cualquier cosa. “Como puedes ver, niña, necesitas esa Perla. Sin ella, las sirenas se quedarán a Jules para siempre.”
Michelle estaba dispuesta a todo con tal de recuperar a su prometido. Así que no descansaría hasta dar con aquella Perla, y gracias a la vidente, sabía exactamente dónde buscar.
Caminó a lo largo de la playa, rastreándola en pos de la zona plagada de palmeras que la anciana le había indicado. Al mediodía, por fin, avistó dichas plantas en la lejanía y se apresuró para empezar a escarbar cuanto antes.
Las contó. Eran diez, tal como esperaba. Se situó a la altura de las dos centrales, se inclinó y comenzó a cavar con las manos. Cuando profundizó lo suficiente, el agua bañó el fondo del agujero, mostrándole lo que buscaba: la Perla de Nácar refulgía, semienterrada en una de las paredes del hoyo. Michelle extendió la mano, la sujetó con cuidado y tiró de ella.
Cedió al primer intento. La Perla brillaba, llena de barro, en la palma mojada de Michelle cuando abrió la mano. La joven sonrió, satisfecha, y la guardó entre los pliegues de su falda tras limpiarla un poco.
Esa misma noche, se hizo a la mar de nuevo.


¿Os ha gustado el principio? ¿Os deja con ganas de más? Aquí tenéis:


3 comentarios:

  1. ¡Leído! El principio deja con la miel en los labios para atacarle al resto. Te ha quedado un bonito cuento del estilo clásico ^^. Me ha encantado el mundo de las sirenas *-*.

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  2. Hola!!
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